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CRUCERO POR EL MEDITERRÁNEO
Pocas cosas hay tan gratificantes como poder disfrutar de unas merecidas vacaciones, y más si puedes irte de crucero tranquilo por el Mediterráneo, y es lo que hice el verano pasado: desayuno, paseo por la cubierta, bañito en la piscina, sol en una hamaca con un buen libro, comida, visita turística a la ciudad programada, cena y a tomar un poquito el fresco antes de ir a dormir. Mi intención no era entablar relación alguna porque acababa de salir de una de casi 6 años en la que me volqué en cuerpo y alma y este viaje parecía la excusa perfecta para echar tierra sobre las ascuas que aún existían, poner en orden mis sentimientos y recuperar mi forma de ver la vida.
El primer día enfilé la mañana con unas expectativas muy agradables porque por fin iba a poder dedicarme a mí, pero conforme iba pasando la mañana, la sensación de aburrimiento fue dejando paso al familiar vacío por la pérdida de la persona “amada”. No parecía una buena idea contar con tanto tiempo ocioso.
El segundo día me costó levantarme pero me obligué, desayuné y me apunté a actividades de batuka en la cubierta norte, pero a la media hora de saltar y no acertar con ninguno de los pasos, desistí de seguir haciendo el ridículo. Estaba toda colorada y sin aliento y decidí tomarme un refresco “bajo en calorías” así que me dirigí a la barra donde me encontré con otra mujer, con tan poca forma física como yo, que jadeaba mientras intentaba pedir una botella de agua. Las dos nos miramos y rompimos en una sonora carcajada.
- Creo que esto es demasiado para nosotras. Hola, me llamo Marta,- le dije tendiéndole mi mano
- Hola, soy Julia- me contestó devolviéndome el saludo, mientras sonreía.
Decidimos sentarnos en unos taburetes altos bajo una gran sombrilla de caña y disfrutar de nuestro “merecido descanso”. Me contó que se había incorporado al crucero un día antes que yo y que pensó que debía hacer actividades que jamás se había planteado, por falta de tiempo, como practicar ejercicio físico. Las dos reímos y charlamos y un tema llevó a otro y otro y a una cerveza y otra y otra hasta que se hicieron las dos y, con cierta dificultad para mantener el equilibrio, nos fuimos al comedor…ya no nos separamos en todo el día; compartir dos actividades “vergonzosas” unen.
Después de cenar, y tras pedir unas copas, nos fuimos a dar un paseo por la cubierta del barco. La noche era una especie de premio al día tan caluroso. No sé si por el alcohol ingerido o por la complicidad de la oscuridad, terminamos hablando de nosotras; intentaré reproducir, lo más fielmente posible, lo que me contó.
Tras contarle los motivos que me impulsaron a “refugiarme” en un crucero, me relató, la historia más increíble que jamás podré vivir:
Julia es una enamorada de los castillos y por ello se apuntaba a todo viaje que tuviera programadas visitas a fortalezas de cualquier tipo y en cualquier país y en uno de ellos, no recuerdo si me especificó el nombre de la ciudad, conoció a Adrián, un abogado y séptimo hijo de un marqués venido a menos. Con sus propias palabras: “no reparé en él hasta el segundo día que observé como miraba con avidez las mazmorras y sus manos, temblorosas, intentaban tocar con delicadeza todos los huecos que habían en las paredes pero, lo que más me impactó fue ver que en su rostro se dibujaba una sonrisa casi maliciosa”.
Se las ingenió para sentarse a su lado en el autobús y entablar una conversación de cortesía. Al cuarto día ya eran inseparables y el último ya se besaban y acariciaban a escondidas en las salas del castillo. De vuelta a sus ciudades de origen, decidieron apuntarse a una nueva excursión para la semana siguiente.
Siete días más tarde volvieron a verse y “fue realmente increíble, no hubo ni un solo castillo que no nos excitase: al principio eran besos apasionados pero al final, cuando el guía se descuidaba, nos retirábamos a las mazmorras y nos tocábamos con una furia tal que casi terminábamos sin ropa. Nuestras manos se movían sin atender a razones, tocando todo lo que encontraban hasta que nuestros sexos estaban al borde del orgasmo”el resto del día se comportaban como simples amigos, hablando sobre castillos, historia de la ciudad y durmiendo en habitaciones separadas”.
El último día los pilló el guía y les reprendió; esto no podía seguir así, necesitaban más.
Al mes Julia recibió una llamada que le sorprendió, era Adrián, que, lejos de disculparse por no haberla llamado ni contestado a sus mensajes, le comunicó que podían disponer del castillo familiar para el puente siguiente y, sin dejarle contestar, que pasaría a recogerla el jueves al salir del trabajo. Ante mi cara de sorpresa ella asintió con la cabeza. ¿Qué tramaba? se preguntó pero continuó llevando su vida como si la llamada no se hubiera producido.
El jueves, como dijo Adrián, se presentó en la oficina de Julia, la recogió, fueron al piso a por el equipaje y partieron rumbo al castillo que la familia posee en Guadalajara. Cuatro horas de trayecto que aprovechó él para hacer de anfitrión y ponerla en antecedentes históricos y genealógicos. Cenaron por el camino, en un bar de carretera.
Cuando llegaron era de noche y apenas se podía ver el castillo pero se le antojó grande y bastante entero y en la entrada les esperaba un matrimonio mayor (María y Julián) que hacía las veces de guardeses, jardineros, etc. (nada que ver con lo que nos pintan en las películas de mayordomo y ama de llaves trajeados y muy estirados).
El interior era austero con mobiliario más bien escaso pero apropiado: En la sala que hacía las veces de vestíbulo, habían colocado unas sillas de cuero, una banca tapizada de rojo teja descolorido y una mesa rectangular que necesitaba ser restaurada. En las paredes se podían ver cuadros de antepasados y algún que otro tapiz con motivos bélicos y una gran lámpara de hierro colgaba del techo. Del fondo de la misma, arrancaba una escalera de piedra de escalones más altos de lo normal, que subía a los dormitorios. El suyo era muy grande, cuadrangular, de paredes de piedra, como todo el edificio, con una cama muy alta de madera negra tallada, que parecía ser muy antigua, una mesita más sencilla y una butaca tapizada de color verde que combinaba con las cortinas de tela gruesa y la colcha. En la pared opuesta se encontraba un armario que, aún sin ser de la misma madera que la cama y la mesita, no desentonaba con el conjunto. El baño, de reciente construcción, se encontraba al final del pasillo. Una vez se quedó sola, pudo observar con más detenimiento la habitación y se dio cuenta de que había un cuadro de una mujer joven, vestida con un traje de época de color azul, de aspecto muy feliz, en la pared de enfrente de la puerta, y debajo de él, un tocador, con taburete, en el que había algunos objetos de aseo personal como un cepillo, un espejo de mano y una cajita de porcelana muy delicada con motivos florales: a diferencia de lo que había visto hasta el momento, estaba todo muy cuidado y restaurado. Deshizo la maleta y se acostó.
A la mañana siguiente, y como pudo comprobar el resto de mañanas, desayunó sola porque Adrián iba al pueblo a arreglar “asuntos familiares” así que decidió explorar los alrededores del castillo y sus estancias: Resultó ser una fortaleza de pequeño tamaño (en lo que a estos edificios se refiere, claro), bastante bien conservada a pesar de no haber sido restaurada, con dos torres, un patio de armas, un aljibe y restos de una muralla, que se construyó en lo alto de una colina para vigilar la posible entrada de invasores procedentes del norte de Castilla. Las vistas, por la estación del año y la ausencia de árboles, no invitaban a perder horas observándolas, así que se encaminó al interior del edificio, entrando por el vestíbulo, donde deparó en una puerta a la izquierda que no advirtió la noche de su llegada, la abrió y hasta que no se acostumbraron sus ojos a la poca luz, no pudo apreciar que se trataba de una biblioteca con estanterías de madera llenas de libros, un par de sofás y butacas, una mesita con un quinqué, y un olor mezcla de humedad y humo de chimenea. Julián corrió la cortina que tapaba la minúscula ventana, encendió la chimenea y el quinqué, lo que le permitió ojear los títulos de los libros, acariciando sus lomos, hasta que se decidió por uno. Se sentó en el sofá más próximo a la mesita y comenzó a leer cuando notó que una corriente de aire caliente rozó su mejilla derecha y un ligero sopor se fue apoderando de ella:
“-Dicen que los amores sin esperanza no finalizan, pero que la eternidad pone en el sitio a cada cual (es un hombre apuesto y muy elegante vestido con ropa de época)….y nada es tan gratificante y doloroso como el amor verdadero (su tono de voz es muy cálido) que tras saborearlo se pierde. ¿Se debe dar gracias porque no experimentarlo es el peor de los castigos? ¿Cómo se puede decir que uno es feliz sin experimentar ese profundo dolor? ¿Acaso el que nunca amó no está ciego?
-Si no se encuentra al ser amado es difícil poder experimentar esas sensaciones y no debemos ser crueles con los que no tienen esa suerte, dije
-El amor no se limita al sexual
-¿Qué otro tipo de amor existe?
-Existe amor en cada criatura que nos rodea, en el viento, en el sol…sólo hay que ser capaz de vivir la esencia del momento
-Eso es muy hermoso pero ¿quién tiene tiempo?
-Debemos ser capaces de pararnos
Un ruido la despertó, miró el reloj y eran casi las 8 de la tarde
“-Hola preciosa, ¿te has aburrido mucho? ¿No has comido? Preguntó Adrián mirando la bandeja con comida que había en la mesita.
Lo cierto es que no, pero no le apetecía contarle el sueño que la había entretenido tanto como para saltarse la comida.
-¿Qué has hecho en el pueblo?
-Ultimar la venta del castillo. Vamos a cenar”
La mesa rectangular de 4 m. de largo estaba preparada como en las películas con candelabros, centros de flores y dos servicios completos de vajilla, cubertería y cristalería en cada uno de los extremos, en los que habían dispuesto un par de tronos de madera tallada. María y Julián dejaron la comida y el vino en el aparador y se retiraron.
Adrián me sirvió una copa de vino, brindamos y en cuanto oímos la puerta cerrarse, me cogió con fuerza por la cintura, besó apasionadamente, me quitó la chaqueta, la falda y me tumbó sobre la mesa, donde me quitó las bragas y el sujetador, con tanta furia que casi los rompe, y empezó a darme pequeños mordiscos en los pechos y a tocarme el clítoris hasta que tuve un orgasmo.
Me cogió de la mano, me bajó de la mesa y acercó al aparador de cuyo cajón sacó un minúsculo delantal
- Ahora me servirás. Póntelo, serás mi doncella
Se sentó en su trono y me dispuse a servirle el consomé, con muchas reverencias, cuando, con voz autoritaria me ordenó que se lo diera. Metí la cuchara en el caldo y obedecí. Al terminar, le limpié los labios con la servilleta.
-Bien, ahora el filete.
Lo corté mientras me tocaba el culo e introducía un dedo por mi vagina y se lo fui dando trocito a trocito, alternando con sorbos de vino.
- Ahora el postre
Pero por mucho que busqué, no encontré nada más para comer.
-Lo siento mi señor, pero no puedo ofrecerle ningún manjar más
- Habrá que solucionarlo. Y con una sonrisa y mirada picarona, me señaló su bragueta.
Retiré un poco el trono y con mucha sumisión le dije:
-Lo que desee el señor
Le desabroché el botón del pantalón y le bajé la cremallera dejando libre un hermoso pene que metí en mi boca chupándolo como si de un pirulí de caramelo se tratase.
- ¡Basta! Gritó
Se incorporó, quitó de un manotazo todo lo que había en su lado de la mesa y me sentó en ella para luego penetrarme con furia.
- Dale las gracias a tu señor, ordenó
- Gracias señor por algo tan bueno
Y empezó un movimiento rítmico salvaje mientras me tocaba el clítoris con el dedo.
- Pídeme permiso para correrte
- Señor, si usted me lo permite. Dije sin a penas voz
- Permiso concedido mi vasalla, dijo jadeante
Y tuve un orgasmo más intenso que el anterior, gritando de placer.
Se quedó quieto y con la cara desencajada, eyaculó sin emitir sonido alguno.
Me besó y nos retiramos cada uno a nuestro respectivo dormitorio
Esa noche, ya en la cama, le costó dormirse por los recuerdos que en su cabeza se agolpaban, sobretodo los del extraño sueño de la biblioteca
A la mañana siguiente junto al desayuno encontró una nota
Espérame a las 20 horas en las mazmorras
¿Qué tramaba? ¿Es que no pensaba volver hasta la noche?. Con cierto desaliento, desayunó y se dirigió a la biblioteca, donde lo encontró todo como si la acabara de abandonar: con la chimenea y el quinqué encendidos y el libro, con un marcador de páginas, sobre la mesita. Se sentó en el sofá y retomó la lectura cuando notó la familiar corriente de aire caliente sobre la mejilla y le entró el suave sopor.
- Hola, ¿has vivido con intensidad?
- Hola, contesté. ¿Acaso se puede vivir con intensidad? Las normas nos lo impiden
- Las normas están impuestas por los humanos y no siempre son lo suficientemente subjetivas para “dejar vivir”. Debemos abrir la mente e impedir que nos reboten las sensaciones
- Pero es un poco egoísta dejar la mente abierta sólo a las sensaciones buenas porque las malas nos permiten aprender
- Por supuesto y por ello es tan importante el amor, porque combina ambas. Veamos, un día lluvioso nos impide ver el sol pero nos permite sentir la lluvia sobre nuestro rostro ¿qué es más importante? son sensaciones diferentes pero muy unidas porque casi nunca se dan los dos fenómenos al mismo tiempo, pero cuando coinciden, podemos decir que es algo muy hermoso y pleno, como el amor: si coinciden el amor físico con el sentimental, podemos sentirnos afortunados, pero si falla alguno, nos sentimos incompletos, pero nos permite buscar.
- ¿Se puede encontrar ese amor pleno?
- Claro, pero lo difícil es mantenerlo
Un fuerte trueno le despertó y la sensación de desazón fue muy grande. ¿Realmente era un sueño? ¿Quién era ese hombre tan sensible? Cerró los ojos con fuerza: quería volver a dormirse y sentir como esa cálida voz le envolvía, pero no lo consiguió: tenía hambre. En la mesita había una bandeja con comida y aprovechó para probar bocado. Aún eran las 5 así que decidió seguir con la lectura.
A las 8, como decía la nota, me dirigí a las mazmorras; no había ventanas pero sí antorchas encendidas en todo el recorrido. Al final del corredor había una sala con una mesa en el centro y una caja con una nota que me invitó a ponerme el disfraz que contenía: un body de cuero negro, un liguero y unas medias a juego (vive con intensidad, pensé). Al cuarto de hora, más o menos, apareció Adrián vestido de verdugo con unos calzoncillos una capucha que le cubría la cara (que sólo dejaba al descubierto los ojos), un collar de pinchos (que me recordó al de los perros fieros) y un látigo. Rompí a reír.
Con el látigo golpeó con fuerza el suelo y dijo
-Calla bastarda, voy a torturarte hasta que confieses
Me cogió con fuerza y me puso los grilletes en muñecas y tobillos dejándome atrapada de cara a la pared y aprovechó para taparme los ojos con un pañuelo negro. Metió su lengua en mi oreja derecha y mordió el lóbulo.
Me azotó con torpeza el culo con algo flexible y fino, como una fusta, provocándome una pequeña carcajada, lo que le enfureció
- Zorra, ¿no es suficientemente fuerte para ti?
Y me golpeó con tanta fuerza que empecé a sentir una mezcla de escozor y dolor
- Ay, me haces daño
-Calla
Besó mi nuca lo que me tranquilizó y me excitó Soltó los grilletes pero, a diferencia de lo que pensaba, no había terminado porque me dio la vuelta y volvió a inmovilizarme contra la pared.
Tras una pequeña pausa, noté sobre mi cara el frío tacto de algo fino y metálico que fue bajando por mi cuello, pecho, vientre, sexo…lo que me provocó una excitación inesperada. Era un cuchillo porque con él me cortó el body con tanta furia que me provocó un orgasmo increíble.
Me quitó el pañuelo de los ojos y me mostró un consolador negro del tamaño de un pepino y me lo introdujo por la vagina al tiempo que me decía
- A ver si ahora te atreves a reírte
Grité de placer pidiendo que no dejara de torturarme que no había sido buena y me merecía el castigo. Se agacho y sin dejar de mover el pene de silicona, me mordisqueó el clítoris: Todo mi cuerpo se convulsionó
Se separó de mí, se arrancó los calzoncillos y se masturbó hasta que eyaculó encima de mi cuerpo
Exhaustos y aún atada, con el consolador en mi vagina y su semen escurriendo por mi cuerpo, le pregunté qué quería que le confesara
- ¿Quieres vivir conmigo?
Eso sí que me dejó helada
Cenaron sin apenas dirigirse la palabra. Ella le dio un beso de buenas noches y se dirigió al dormitorio, pero en lugar de acostarse, esperó a que hubiera silencio para deslizarse sigilosamente hacia la biblioteca: necesitaba “hablar” con él.
Puso leña en la chimenea, que aún no se había apagado del todo, y se acomodó en el sofá hasta que sintió la corriente cálida y con una sonrisa se dejó llevar.
-Hola mi dulce dama
-Hola
-¿Qué ocurre?
-Mañana me iré
-¿Y?
-Quería hacerte una pregunta ¿podemos enamorarnos de una sensación?
- Claro, de hecho debemos hacerlo para poder extraer toda su esencia. No podemos sentir sin habernos implicado
-Pero ¿y si es algo irreal?
-Nada es irreal si es capaz de perturbarnos tanto positiva como negativamente
-Ya, pero….
-¿Qué es lo que te impide sincerarte?
-¿Se debe vivir a medias si no se puede disfrutar del amor pleno?
-Nunca
-Pero no puedo tener los dos tipos de amor
-Busca
-Ya lo he hecho
-Mi cuerpo ha encontrado a quien puede satisfacerle y mi alma te ha encontrado
Desperté
A la mañana siguiente aún seguía en la biblioteca con los ojos abiertos cuando Adrián llamó a la puerta para recordarle que tras el desayuno partirían de vuelta a casa.
Cuando subían al dormitorio para recoger los respectivos equipajes, un cuadro le llamó la atención:
-¿Quién era?, preguntó
-El conde Álvaro, un valiente caballero que perdió la cabeza por una mujer, la del cuadro de tu habitación, la bella Isabel, que murió unos días antes de la boda, en un misterioso accidente de caza.
Me quedé helada cuando le reconocí
Tras el relato Julia añadió que Adrián vendió el castillo para ser transformado en un parador y que nunca más volvió a soñar con Álvaro. Ahora está en trámites de divorcio, porque, como ella dice, no hay que vivir a medias.
Cristina G. M.
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