Sexo,sexología y Sexualidad

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Era verano, aquel día, se suele decir, que habría sido como cualquier otro de aquella eterna estación, sobre todo para aquellos que tienen que trabajar sin disfrutar ni un día de fiesta.
Eran las 12 de la noche y el calor parecía ser cada vez más insoportable y, como no, en la televisión no echaban nada decente, lo único que podía hacer era estar con la luz apagada, las ventanas abiertas de par en par, quitarme la ropa que llevaba y resignarme con aquel pequeño y viejo aunque funcional ventilador.
Los minutos pasaban y las horas con ellos. Eran ya las 2 de la mañana y todavía no había pegado ojo. Me levanté desesperada, me dirigí hacia le nevera y saqué del congelador la cubitera repleta de refrescante hielo. Durante el trayecto hacia el sofá me paré delante de la ventana por donde pude observar una pareja de jóvenes adolescentes enfrascados en un apasionado beso. En aquel momento de forma instintiva había cogido un cubito de la cubitera, empezando a pasarlo por mi cuerpo desnudo, cuando vine a darme cuenta aquel sacrificado hielo se había derretido por mi caluroso cuerpo.
Mmm.. fue refrescante y a la vez excitante, lo que hizo que siguiese mi camino dirigiéndome hacia el sofá, donde me tumbé. Una vez allí, tal y como había hecho con el anterior cubito seguí con los demás, produciéndome una agradable sensación. Aquello era indescriptible, me pasaban infinitas cosas por mi cabeza, lo que hizo que pronto notase como todo mi cuerpo estaba mojado.
Me centré en aquello que estaba haciendo, me excitaba. Empecé a acariciarme con énfasis primero mis labios, mi cuello, luego los pechos y así hasta llegar a mi más íntimo secreto. No podía parar, cada vez el énfasis aumentaba y cada vez me sentía más mojada, derritiéndose los cubitos uno tras otro, cada vez estaba más caliente.
En una de mis caricias me encontré con el clítoris, éste parecía que me había llamado, pues se hallaba hinchado y algo enrojecido. Seguí con mi juego, empezando con movimientos suaves pero sin pausa. Como me gustaba entrar en contacto con aquel pequeño músculo que le producía tanto placer. De pronto comencé a mover mi pelvis de arriba hacia abajo, no podía parar, ahora mis sensaciones y sentimientos iban mucho más allá de la preocupación por ir a trabajar o por el calor que pudiera hacer aquella noche de verano.
Mientras con mis dedos iba de arriba abajo, de izquierda a derecha, alternados con movimientos circulares, con la otra mano acariciaba mis duros y firmes pechos e incluso el resto de mi mojado cuerpo, introduciendo de vez en cuando un dedo en mi mojada vagina.
Aquellos movimientos eran cada vez más rápidos y frenéticos. No me importaba estar sola, estaba disfrutando como nunca lo había hecho. Incluso más que con muchos de los tíos con lo que había estado.
En mi mente apareció aquel chico que en reiteradas ocasiones me encontré, era mi vecino, uno de esos muchachos altos, fuertes y atractivos que más de una vez piensas que no te importaría pasar una noche con él. Comencé a desnudarme y sentí como él me cogía entre sus fuertes y grandes manos. Mi placer crecía más y más. En aquel momento, ya desnudos comenzó a darme besos y acariciarme todo el cuerpo. El escenario era una cama con dosel. Pensé que aquel joven mancebo me llevaría al más grande de los orgasmos.
Y allí estábamos, yo tumbada y él entre mis piernas lamiendo y saboreándome todos mis jugos, mientras acariciaba todo aquello que sus manos abarcaban.
Sus movimientos eran cada vez más frenéticos, sentía como aquella lengua iba cada vez más rápida. Notó como me puso, metió uno de sus dedos en mi vagina, provocando un éxtasis aún más grande llevándome a un placer que nunca antes imaginé. Había llegado al clímax. Observé como él levantaba la cabeza y miraba como me hizo disfrutar, me sonreía. Y como en un sueño todo desapareció, teniendo un gran final.
Sin darme cuenta me quedé dormida, sola en el sofá, y como único compañero el ventilador que no paró en lo que quedaba de noche.
Al día siguiente, el destino quiso que me encontrara con aquel chico con el que había estado fantaseando. Nos miramos y él me sonrió. Aquella cara fue la que se encontraba entre mis piernas y sin quererlo noté excitada.
Lo que yo no sabía es que él también fantaseaba conmigo, que también se excitaba conmigo. Y cada uno en nuestro sueño conseguíamos los más grandes de los placeres.
Hasta que un día el sueño se hizo realidad, eso será otra historia que será contada en otro momento.

Gracias a Rosa Linda por enviarnos la fantasía.
Espero recibir vuestras fantasías para publicarlas en la Web de abcsexologia, animaros.

 

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