La satisfacción es muchÃsimo mayor cuando podemos compartirla. Si bien es cierto que hay alegrÃas que marcan profundamente nuestro ser, también es verdad que cuando somos capaces de compartir nuestra felicidad, ésta se multiplica enormemente. Una alegrÃa compartida no es dos veces más, sino la suma potencial de una serie de circunstancias agradables y placenteras.
Los placeres de la vida pueden venir solos o acompañados. Nuestra sexualidad es similar en este sentido. Cuán cierto es el dicho de que “más vale solo que mal acompañado”. Y cuánto más el de que “para disfrutar de la compañÃa de otros, es indispensable saber disfrutar de la compañÃa de uno mismo”.
Si disfrutamos tanto de nuestra propia compañÃa como de la de otro u otros, los momentos alegres se ven potenciados. En nuestra sexualidad ocurre lo mismo. Puede ser ésta satisfactoria y placentera a solas, pero el goce se eleva cuantiosamente si podemos compartirla con la compañÃa deseada.
Mucho se insiste en la importancia de acostumbrarnos a comunicar. Es decir, en la necesidad de sacar diversos aspectos de nuestro interior. El arte de expresarnos. La capacidad para comunicar nuestras necesidades e inquietudes, asà como el saber escuchar lo que nos dicen. El ejercicio de esta capacidad sienta los cimientos para un mayor disfrute.
Exactamente lo mismo ocurre en el ámbito sexual. Hemos de ser capaces de acostumbrarnos a comunicar. Habituarnos -como sea- a expresar nuestras necesidades, deseos, sentimientos, fantasÃas… Y ser capaces -asimismo- de escuchar las de los demás. Contemplarlos. ¿Qué hay de raro en esto? Más raro es no hacerlo. El camino a la comunicación, en sà mismo, conlleva el disfrute -sexual o de otro tipo- y lo potencia.
M. Pérez, J. J. Borrás y X. y Zubieta
Publicado en elmundo.es. Ilustración: Luis Parejo

