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spacer.gif   Adolescencia y sexualidad
Enviado por : Admin en Jueves, 20 Febrero, 2003 - 06:52
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Cultura Sexual La adolescencia es una etapa fundamental dentro del proceso de construcción de la personalidad y el tránsito hacia la edad adulta. Una visión simplista puede reducir ese proceso a un plano puramente biológico: la aparición de caracteres sexuales primarios y secundarios. Pero, en realidad, es mucho más compleja la experiencia en pos de la identidad de hombres y mujeres. Porque en él intervienen las personas, con toda su complejidad, y entran en juego los sistemas de relaciones y modelos sociales y culturales.La etapa más conflictiva en la experiencia de padre e hijos suele ser la adolescencia. Por ello, tanto para unos y otros, es indispensable conocer mejor, en sus diversas dimensiones, las característica y naturaleza del proceso en esta etapa vital.Las páginas del presente fascículo tienen la intención de trazar el proceso de la adolescencia, bajo algunos de los presupuestos que guían todo el trabajo: la sexualidad sobrepasa una función puramente biológica, es una forma privilegiada de expresión amorosa a través del cuerpo, se mueve en un ámbito social y cultural y tiene que ser una experiencia humanizante.

Definiendo términos:

La pubertad se refiere al período en que se manifiestan los cambios físicos de la maduración sexual (entre los 12 y 18 años aproximadamente).

La prepubertad se refiere al período inmediato anterior al desarrollo de los caracteres sexuales primarios y secundarios (10 y 12/13 años).

La adolescencia se refiere a los procesos psicológicos de adaptación a las condiciones de la pubertad.

La preadolescencia acompaña a la pubertad, pero puede prolongarse por mucho tiempo, independientemente de la progresión de la maduración física, por dificultades en la adaptación a los cambios.

Características de la prepubertad y la pubertad:

Los cambios físicos van sucediéndose paulatinamente desde los 7 años de edad y se aceleran después de los 10/11 años (estirón).

El límite descriptivo entre la prepubertad y la pubertad es difuso en relación a las edades, ya que a una misma edad se observan desarrollos diferentes en los diferentes chicos. Así mismo el estirón se inicia más tempranamente en las mujeres, precediendo a la menarca.

El desarrollo genital se presenta con grandes variaciones en el tiempo, tanto en la edad de inicio como en su duración total. Esta última puede llevar entre dos años y medio y cuatro años.

Los caracteres sexuales primarios están determinados por influencia hormonal, fundamentalmente estrógenos en las mujeres y testosterona en los varones. En las mujeres acaece la menarca (primera menstruación), a partir de la cual comienzan a liberarse los óvulos y a producirse el desarrollo mamario.

En los varones comienzan las poluciones nocturnas; su inicio no siempre indica capacidad reproductiva, ya que puede haber una infertilidad relativa hasta los 15/6 años por no haberse completado aún la maduración adulta de la espermatogénesis.

Caracteres sexuales secundarios: en ambos sexos aumenta la estatura, la sudoración, crece el vello pubiano y axilar, y se redistribuye la grasa corporal en forma femenina (caderas) y masculina (aumento de la masa muscular). En los varones se producen modificaciones de la voz y comienza a crecer la barba.

Características de la preadolescencia:

El aumento cualitativo de los impulsos lleva a un resurgimiento de la pregenitalidad, produciéndose una regresión a las conductas habituales de los 2 o 3 años de vida (oposicionismo, rebeldía, terquedad, exhibicionismo, gusto por la suciedad y el desorden o su reacción opuesta, etc.). El chico de este período es más inaccesible y es más difícil de controlar.

Sobresale su preocupación por los órganos sexuales, su función, integridad y protección. En este período no se interesa aún por relacionar sus genitales con situaciones amorosas y su satisfacción.

Demuestran su curiosidad sexual a través de chistes, secretos y cuchicheos.

Es habitual el interés por coleccionar objetos o formar grupos.

Suelen aparecer síntomas transitorios como descarga de tensión: miedos, tics nerviosos, dolores de cabeza, de estómago, comerse las uñas, tartamudear, jugar con sus cabellos, tocar constantemente todas las cosas.

Progresivamente los chicos comienzan a probar nuevos comportamientos abandonando los de su niñez, por lo cual se manifiestan con inestabilidad en sus conductas y emociones, que variarán de un chico a otro y aún en un mismo chico.

La estimulación de los genitales es una actividad que se realiza naturalmente desde el nacimiento. Somos los adultos los que la significamos como positiva o negativa ante los niños. Durante este período los chicos la realizan en la intimidad, como modo de sentir placer, de canalizar ansiedades y de conocer su propio cuerpo; pero la masturbación no alcanza aún la imperiosidad de la adolescencia.

Los varones se relacionan casi exclusivamente con compañeros del mismo sexo. Son agresivos con las mujeres de su edad, las atacan, tratan de evitarlas, se muestran presumidos y burlones. Expresan sus impulsos pregenitales a través de una gran inquietud motora, voracidad, actitudes sádicas, actividades anales (lenguaje obsceno, rechazo por la limpieza, gusto por los olores, habilidad en la producción o­nomatopéyica y de ruidos) y juegos fálicos exhibicionistas.

La chicas en su segunda infancia ya habían realizado una represión masiva de su pregenitalidad, por lo cual se dirigen más abiertamente al sexo opuesto; se muestran agresivas y seductoras en el juego del pseudoamor. Su mayor conflicto se manifiesta con la madre, necesitando "liberarse" de ella. Realizan una orientación decisiva hacia la realidad, adaptándose a ella. Se manifiestan como "señoritas", aceptando normas y comportándose adecuadamente a lo que se espera de ellas.

ADOLESCENCIA: 13/14 a 18 años.

La pubertad es un acto de la naturaleza, la adolescencia es un acto humano y cultural.

La adolescencia temprana (13/14 a 15 años) es un período de transición que mantiene características preadolescentes pero con franco movimiento hacia el desarrollo y la maduración adolescente.

Los cambios biológicos de la pubertad (la adquisición de la capacidad reproductiva y el crecimiento físico) determinan un elevado aumento del deseo sexual. Este genera a su vez una actitud negativa o positiva con respecto al propio cuerpo y a las normas morales de la sociedad que los culpabiliza, produciéndose sentimientos contradictorios.

La manera adolescente de sentir y expresar la propia sexualidad depender de la personalidad, de las experiencias infantiles, de las actitudes familiares y de la sociedad en la que vive. Algunos reprimen totalmente sus emociones; otros manifiestan sus sentimientos sólo a través de las fantasías; otros buscan el contacto con el otro sexo.

Las actividades sexuales que desarrollan pueden ser autoeróticas, juegos sexuales o acto sexual coital. Una preocupación habitual del adolescente es cuándo iniciar este último. Recordemos que biológicamente la respuesta sexual es completa (deseo, excitación y orgasmo).

La masturbación suele ser vivida con culpa desde dos vertientes opuestas: por remitirlo a una conducta prohibida y vergonzosa o por ser considerado infantil en vez de satisfacer sus necesidades con una persona. Las pautas culturales suelen determinar que la masturbación sea más habitual en los varones que en las mujeres adolescentes.

En realidad, la masturbación es una conducta sexual positiva en varios sentidos: permite conocer el funcionamiento y las sensaciones del propio cuerpo, lo cual ser favorable para posteriores encuentros sexuales funcionales; ayuda a descargar las ansiedades y angustias comunes de esta etapa del desarrollo; así como distanciar la necesidad de comenzar el ejercicio de una actividad sexual para la cual puede no estar aún maduro.

La genitalidad se instala definitivamente como zona predominante de satisfacción sexual. Los impulsos - sexuales y agresivos- estimulados por los cambios hormonales suelen descolocar a los adolescentes quienes sienten que no pueden controlarlos.

Una manera de defenderse de esos impulsos es volver a tener conductas infantiles conocidas: comer mucho o hacer dietas, constipación, desprolijidad, suciedad, orden o limpieza exageradas, etc.

La polaridad pasividad-actividad y la ambivalencia de sentimientos reaparecen fuertemente, lo cual determina fluctuaciones en el estado de ánimo, cambios en las conductas y en la capacidad de ver la realidad.

Las polaridades en un mismo sujeto pueden ser rebeldía/sumisión, aislamiento/sociabilidad, egoísmo/ altruismo, sensibilidad/torpeza, dedicación/indiferencia, aceptación/rechazo, cuidado físico/ abandono, etc. Estas polaridades nos muestran que los cambios psicológicos que se van produciendo no son lineales ni definitivos.

Durante la adolescencia se deberá lograr la renuncia a la dependencia paterna y la búsqueda de otros del afuera como fuentes de satisfacción sexual. Este proceso atraviesa por diferentes momentos hasta poder establecer relaciones parentales y extra familiares maduras.

La separación amorosa que hace el adolescente de sus padres, produce que la energía sexual fluya libremente creando intensas situaciones de tensión, ansiedad, angustia y síntomas físicos diversos.

El adolescente temprano elige sus propias normas, leyes y valores, independientemente de la autoridad paterna.

En el varón, la primera búsqueda hacia el afuera está puesta en el amigo del mismo sexo, estableciendo relaciones idealizadas de complementación recíproca. En esta etapa de "homosexualidad transitoria" los adolescentes aprenden a ser varones desde los juegos sexuales o las charlas íntimas que les permiten identificarse con su mismo sexo. Habitualmente estas relaciones terminan abruptamente permitiendo el pasaje hacia la heterosexualidad.

Las mujeres también dan gran importancia a las amistades, pero con cualquiera de los dos sexos. Esta actitud surge de "tendencias bisexuales" normales que con el desarrollo dejarán paso a las elecciones heterosexuales. El riesgo a esta edad es que la necesidad de identificaciones temporales empuje a la adolescente a relaciones sexuales prematuras. Las amistades, los enamoramientos, el estudio, los deportes, las fantasías protegen a la adolescente de conductas sexuales impulsivas. La declinación de la bisexualidad marca la entrada en la adolescencia propiamente dicha.

En la adolescencia propiamente dicha (15 a 18 años) los cambios son decisivos, la vida emocional más intensa y profunda. Los adolescentes realizan el camino desde el "Quién soy yo?" hacia el "Este soy yo".

Aunque las relaciones amorosas van definiéndose paulatinamente hacia la heterosexualidad, aún estos vínculos no son maduros. Su permanencia produce que la energía sexual autoerótica pase a satisfacerse en el vínculo con el otro. La intensa ansiedad lleva a esta edad a desarrollar "hambre" de cosas y personas. La incorporación exagerada de alimentos o la impulsividad en el cambio indiscriminado de relaciones con los otros -los otros no son vividos como personas sino como objetos de necesidad para descarga de ansiedades- va cediendo a medida que se define la identidad sexual.

Para poder desprenderse definitivamente de los padres de la infancia, los adolescentes suelen recurrir a actitudes de soberbia, arrogancia y rebeldía, desafiando las normas paternas. Este es un período de transición que finaliza con el desprendimiento.

A esta edad la energía sexual posibilita un desarrollo importante de la creatividad y la fantasía, así como la hipersensibilidad de los sentidos. El escribir un diario íntimo permite canalizar ansiedades, conectar las fantasías con la realidad e inhibir las actuaciones sexuales o agresivas. También la intelectualización y el ascetismo son modos de canalización de la tensión.

Dos sentimientos son predominantes: la tristeza por el desprendimiento de los padres de la infancia y el estar enamorado. Este enamoramiento es básicamente tierno y romántico además de una fuente de satisfacción sexual. Por momentos puede provocar el temor de crear una nueva dependencia y sometimiento emocional. La persona destinataria de este primer amor suele tener aspectos semejantes o francamente diferentes a alguno de los padres.

Las necesidades sexuales de los adolescentes son un hecho. Actualmente la edad de inicio de la vida sexual activa de ambos sexos promedia los 16 a 17 años. Las diferencias de maduración entre la edad biológica y la edad psicoemocional ocasionan que el deseo sexual no acompañado por la posibilidad de reflexión y toma de conciencia de los riesgos existentes, exponga a los adolescentes a enfermedades transmisibles sexualmente y a embarazos no deseados. Estos riesgos suelen ser generados por:


La temprana edad de la menarca.

El deseo de exploración de la sexualidad.

La actividad sexual temprana.

El desconocimiento de métodos preventivos de enfermedades de transmisión sexual y de embarazos, y el bajo acceso a los mismos.

La poca aceptación del preservativo por parte de los adolescentes.

El desconocimiento de la fisiología de la reproducción y funcionamiento de la sexualidad.

El poco acceso a servicios de atención de la salud del adolescente, incluyendo la salud reproductiva.

Ser hija o hermana de madres adolescentes.

Vivir en condiciones de pobreza.

Vivir en hacinamiento y promiscuidad.

Vivir en áreas rurales.

La exclusión social juvenil, carencia de oportunidades recreativas, educativas y laborales.

El uso y abuso de drogas.

El abuso sexual, maltrato y violencia doméstica física o psicológica que deja a las jóvenes en estado de indefensión frente al incesto y la violación.

La alta ocurrencia de abortos clandestinos en condiciones inadecuadas.

La prostitución infantil y juvenil.

La baja autoestima de la adolescente y la ausencia de un proyecto de vida.

El deseo de afirmación personal e independencia.

La presión grupal y de la pareja.

El primitivismo emocional que envuelve al sexo de culpa, vergüenza, miedo, tabúes y fatalismo.

La inestabilidad familiar.

El analfabetismo sexual, la desinformación a todos los niveles, incluso en el de los profesionales de la salud, en los maestros, los padres y madres y la comunidad en general.

La falta de orientación y comunicación en la familia sobre la sexualidad.

La influencia de los medios de comunicación social en la exaltación, banalización y degradación de la sexualidad, en la erotización de la vida y en la promoción de la pornografía.

La adolescencia tardía (aproximadamente hasta los 24 años) es una fase de consolidación de la estructura de personalidad que alcanza una madurez relativa.

El cuerpo comienza a reconocerse como un todo erógeno. No predomina una zona en particular. Cada persona irá descubriendo - en función de su historia y su personalidad- qué partes de su cuerpo son más sensibles y agradables para sentir placer.

Aunque la madurez sexual debería llevar a esta posibilidad, la cultura incide en dar predominancia al placer genital. A los varones les resulta difícil integrar la sensibilidad de todo su cuerpo, o incluso, no lo creen necesario. En ese sentido, no sólo inhiben la posibilidad de alcanzar niveles superiores de satisfacción, sino que esta actitud puede determinar diversos trastornos sexuales.

Recordemos:

La identidad sexual continúa reafirmándose y reestructurándose a lo largo de toda la vida. Los cambios políticos, económicos y sociales, las modas y las diversas crisis vitales (casamiento, nacimiento de los hijos, divorcio, climaterio, etc.) vuelven a hacer entrar en conflicto al sujeto, el cual se replantea su postura ante la vida, sus valores y su sexualidad.


Una maravillosa edad de tiempo imaginario

En pos de la identidad

El cuerpo y las palabras del deseo

Vestidos para deslumbrar

Entre miradas y caricias

En busca del goce total

"Al burdel para que se haga hombre"

La juventud es ahora

UNA MARAVILLOSA EDAD DE TIEMPO IMAGINARIO

La adolescencia es algo mucho más complejo y dinámico que una edad o un tiempo en la vida, con fechas claras de inicio y fin.

¿Cuándo dejamos de ser niños?

¿En qué fecha se inauguró la adolescencia y cuándo vivimos su último acto antes de la caída del telón que abrió el espacio a la juventud y a la vida adulta?

No hay respuesta porque la vida humana es así: transitamos en ella de una estación a otra, dejamos una cosas y adquirimos otras, modificamos los pensamientos y las actitudes, transformamos el cuerpo y los afectos. Y, todo al mismo tiempo, sin abandonar nunca nada de manera absoluta y para siempre. Hay cosas del niño que aún perduran en el abuelo y que, por ejemplo, le mueven a jugar con su nieto. De la misma forma, el adolescente puede renacer en el adulto cuando, de súbito, se encuentra soñado con las mismas estrellas inalcanzables.La adolescencia es un tiempo personal que marca el ingreso al mundo a través de la conquista de un espacio propio en el espacio social y cultural. Tiempo con una cronología que, si bien incluye la de los años y meses del calendario, posee otras significaciones temporales construidas en un mundo en donde cuenta más que nada lo imaginario, las expectativas, las esperanzas e ilusiones. La cronología de los calendarios habla del tiempo ya vivido, es decir, del pasado. La adolescencia no mira atrás porque no le interesa y porque, para él y para ella, hay poco que mirar hacia allá; más bien se coloca de cara al futuro: quiero ser, seré, tendré, llegaré. La realidad imaginaria es tan verdadera e importante como aquélla que tocamos y en la que nos movemos. Por lo mismo, no se trata de una época de sueños y fantasías inútiles y en la que todo es posible y a la que chicas y chicos recurren para huir, un poco o bastante, de la cotidianidad, de las exigencias familiares, de las incomprensiones de los adultos, de las responsabilidades escolares. Quien no fue capaz de construir su porvenir con cimientos de ilusiones tendrá una vida esquemática, rígida y demasiado vulgar para llamarse hermosa. Resulta, pues, falso afirmar que soñar no cuesta nada por tarea inútil. Fantasear, idear, imaginar sí cuestan puesto que, en esos actos, se juega el destino futuro y porque, al hacerlo, se ponen en juego, también, las realidades concretas del ahora y del ayer. Para una chica pobre, para un muchacho que fue agredido o violentado, para la adolescente a quien se le dijo durante todos los años de la niñez que su destino es servir, someterse, ser esposa y mamá y punto; para todos ellos soñar en un mundo distinto y nuevo ciertamente cuesta mucho, tal vez incluso demasiado. Por otra parte, la adolescencia es época de acomodos y de encuentros. Aquello no es privativo de la adolescencia puesto que, desde el momento del nacimiento en adelante, cada mujer y cada varón deben cambiar. Sin embargo, chicas y muchachos se enfrentan de manera violenta a realidades tan nuevas que no les resta otra alternativa que cambiar para vivirlas ahora y no quedar atrapados, sin salida, en el mundo de los niños o, peor aún, para no introducirse en el espacio de los adultos y sufrir allí un fuera de lugar que les pesará a lo largo de la años.

Una maravillosa edad de tiempo imaginario

Rodrigo Tenorio Ambrossi

Psicoanalista, profesor de la Pontificia Universidad Católica del EcuadorLa adolescencia es algo mucho más complejo y dinámico que una edad o un tiempo en la vida, con fechas claras de inicio y fin. ¿Cuándo dejamos de ser niños? ¿En qué fecha se inauguró la adolescencia y cuándo vivimos su último acto antes de la caída del telón que abrió el espacio a la juventud y a la vida adulta? No hay respuesta porque la vida humana es así: transitamos en ella de una estación a otra, dejamos una cosas y adquirimos otras, modificamos los pensamientos y las actitudes, transformamos el cuerpo y los afectos. Y, todo al mismo tiempo, sin abandonar nunca nada de manera absoluta y para siempre. Hay cosas del niño que aún perduran en el abuelo y que, por ejemplo, le mueven a jugar con su nieto. De la misma forma, el adolescente puede renacer en el adulto cuando, de súbito, se encuentra soñado con las mismas estrellas inalcanzables. La adolescencia es un tiempo personal que marca el ingreso al mundo a través de la conquista de un espacio propio en el espacio social y cultural. Tiempo con una cronología que, si bien incluye la de los años y meses del calendario, posee otras significaciones temporales construidas en un mundo en donde cuenta más que nada lo imaginario, las expectativas, las esperanzas e ilusiones. La cronología de los calendarios habla del tiempo ya vivido, es decir, del pasado. La adolescencia no mira atrás porque no le interesa y porque, para él y para ella, hay poco que mirar hacia allá; más bien se coloca de cara al futuro: quiero ser, seré, tendré, llegaré. La realidad imaginaria es tan verdadera e importante como aquélla que tocamos y en la que nos movemos. Por lo mismo, no se trata de una época de sueños y fantasías inútiles y en la que todo es posible y a la que chicas y chicos recurren para huir, un poco o bastante, de la cotidianidad, de las exigencias familiares, de las incomprensiones de los adultos, de las responsabilidades escolares. Quien no fue capaz de construir su porvenir con cimientos de ilusiones tendrá una vida esquemática, rígida y demasiado vulgar para llamarse hermosa. Resulta, pues, falso afirmar que soñar no cuesta nada por tarea inútil. Fantasear, idear, imaginar sí cuestan puesto que, en esos actos, se juega el destino futuro y porque, al hacerlo, se ponen en juego, también, las realidades concretas del ahora y del ayer. Para una chica pobre, para un muchacho que fue agredido o violentado, para la adolescente a quien se le dijo durante todos los años de la niñez que su destino es servir, someterse, ser esposa y mamá y punto; para todos ellos soñar en un mundo distinto y nuevo ciertamente cuesta mucho, tal vez incluso demasiado. Por otra parte, la adolescencia es época de acomodos y de encuentros. Aquello no es privativo de la adolescencia puesto que, desde el momento del nacimiento en adelante, cada mujer y cada varón deben cambiar. Sin embargo, chicas y muchachos se enfrentan de manera violenta a realidades tan nuevas que no les resta otra alternativa que cambiar para vivirlas ahora y no quedar atrapados, sin salida, en el mundo de los niños o, peor aún, para no introducirse en el espacio de los adultos y sufrir allí un fuera de lugar que les pesará a lo largo de la años.

En pos de la identidad

Uno de los acontecimientos más importantes de la adolescencia es el enfrentamiento súbito a una pregunta que nunca antes había aparecido en la vida de la niña y del niño. En efecto, hasta antes de la adolescencia, él o ella no se habían preguntado sobre sí mismos, sobre el sentido y la dimensión de ser mujer o varón. La chica y el muchacho se dan una respuesta que, en ese momento, satisface a medias. El rato menos pensado la pregunta surgirá de nuevo en forma de inquietud y también de duda y originará incluso angustia y zozobra puesto que las respuestas no parecen tan convincentes pues no explican el porqué de ideas, actitudes y deseos que, a ratos, aparecen para confundirles aún más. ¿Cómo demostrar que soy mujer con este cuerpo que, de la noche a la mañana, cambia, se altera y me altera, que me hace aparecer diferente? ¿Cómo esconderme, ocultarme, taparme para que los otros no me vean, para que sus miradas no se posen en este cuerpo que les llama la atención que, parece, les interesa? De ahí de que para el chico y la muchacha, se trata de un período crucial en el proceso de la determinación de la identidad que conlleva funciones y papeles específicamente determinados y organizados por principios y por prácticas sociales. Es un tiempo personal que marca el ingreso al mundo a través de la conquista de un espacio propio en el espacio social y cultural. Porque en torno al concepto de identidad gira gran parte del discurso social, familiar y cultural puesto que es el referente básico y último para la comprensión de lo que es un sujeto en sociedad. La feminidad y la masculinidad, en tanto proyectos destinados a definir a los sujetos, no representan, en sí mismos, otra cosa que procesos de identidad destinados a proveer de diferenciaciones a cada sujeto puesto que los presenta como mujer o como varón ante los otros. La identidad no es, pues, un acto único e irreversible, tampoco una realidad que se sustente en un solo referente como, por ejemplo, las características anatomo-fisiológicas. Por el contrario, representa un proceso que dura la medida total de la existencia y en el cual se halla vitalmente comprometido cada sujeto, aún cuando la adolescencia signifique un momento altamente privilegiado para esta tarea. Pese al cuestionamiento de lo familiar y estatuido, los modelos domésticos son definitorios. Papá y mamá juegan un papel importante. Muy probablemente, el primer modelo con el que se identifican niñas y niños es con el papá en la medida en que aparece como aquél que posee a la mamá. Ser como él aseguraría el amor de la madre y su posesión. La tarea de la mamá es hacer de cada hija una mujer; para ello utiliza su posición de mujer amada y fértil junto a su marido y también los elementos, circunstancias y condiciones de la cotidianidad doméstica. Sin embargo, como nunca antes en la historia, la imagen del padre se ha desvalorizado tanto para los adolescentes sean mujeres o sean varones. Cada nueva generación se ha enfrentado a la anterior incluso como una condición indispensable para que la cultura crezca y se modifique. Pero el mundo contemporáneo debe vivir de manera tan acelerada las transformaciones que el enfrentamiento generacional actual posee características violentas y sumamente abarcantes. Es decir, casi nada se libra de la crítica y de las nuevas actitudes que han asumido las chicas y los muchachos, sin marcha atrás. Las nuevas posiciones asumidas son, en gran medida, irreversibles. Aquello no acontecía antes. En efecto, pese a las críticas y las posiciones incluso extremas, pasada la adolescencia, mujeres y varones retomaban buena parte de la cultura social y familiar que fuera criticada y rechazada. En la actualidad, es cada vez menor el retorno a las formas culturales dominantes en las anteriores generaciones. Este es, sin embargo, el mecanismo a través del cual las chicas y los muchachos se encuentran a sí mismos. Si la existencia es un proceso de identificaciones, de búsquedas y de encuentros, la identidad no es otra cosa que el hallarse a sí mismo en los otros. Este proceso es cada vez más rico cuanto más el sujeto se abre a los otros. Los adolescentes lo saben; así se explica esa casi compulsiva exigencia a ir en pos de los amigos y amigas y a abandonar cada vez más los contactos con el mundo doméstico.

El cuerpo y las palabras del deseo

La sexualidad se organiza en el cuerpo en el cual se expresa en todas sus dimensiones. Hablar de sexualidad sin hacer referencia al cuerpo es caer en una sexualidad idealista, mítica, tal como la propuso Platón. Y saber del propio cuerpo equivale, en gran medida, a conocer el sentido de la existencia. De ahí que los cambios confundan e incluso lleguen a angustiar a las mujeres y a los varones en la adolescencia. La pubertad no es la puerta que mágicamente se abre para permitir el ingreso a la sexualidad, puesto que el niño y la niña poseen una sexualidad igualmente inscrita en el cuerpo, que les ofrece experiencias placenteras. Sin embargo, es cierto que la pubertad termina por ser como un instante mágico que marca un momento muy especial de transmutación. Tanto las mujeres como los varones requieren que los adultos realicen un acercamiento comprensivo e iluminador a los conflictos que el cuerpo les origina Ese cuerpo mutante que no debe su presencia significante tan sólo a los cambios propios de la edad sino a los valores, creencias y más representaciones que cada sujeto utiliza en la tarea de hacer presencia frente a los demás como mujer o varón. La mayoría de las chicas se encuentra más o menos preparada para la primera regla. Saben de ella, la conocen de cerca. Por eso la esperan con una mezcla de sentimientos: ansiedad y deseo, temor y esperanza. Muy probablemente la forma como la mamá vive su regla servirá de referente para la hija. Si la mamá ha integrado la menstruación a su propia sexualidad y la ha asumido como una forma más de demostrar su feminidad y su capacidad de fecundación, es muy probable que la hija coloque en la regla que está por llegar más ilusión y expectativas de bienestar que de malestar o rechazo. Por el contrario, si hay una madre que con cada regla pierde su ecuanimidad, que con los cólicos menstruales no hace otra cosa que rechazar abierta y frontalmente parte de su feminidad, es muy probable que para la hija el advenimiento de su primera regla no sea precisamente un acontecimiento agradable y enriquecedor sino, al revés, algo desechable, sucio, conflictivo y hasta terrorífico. El cuerpo es, para la chica, su palabra, su discurso y también el camino a través del cual transita su deseo y el de los otros. Un cuerpo erotizado a partir del nacimiento y cuyas manifestaciones en la adolescencia son importantes para llegar al espacio de los otros. Desde esta perspectiva, la adolescente debe adecuar su cuerpo al modelo vigente en el medio: talla, formas, medidas, ritmo y cadencia de los movimientos destinados a capturar la mirada del otro. Aunque ya comenzó en la niñez, en la adolescencia la sensualidad ocupa un lugar primordial en la vida de las chicas. Hasta se podría afirmar que representa como el gran indicador del ingreso en este nuevo período. Para las jóvenes, la construcción de una forma personal de sensualidad constituye una tarea básica puesto que es la forma a través de la cual ellas disfrutan de su sexualidad, al tiempo que se aseguran de que son o no son aceptadas en el mundo de los otros. Lo sensual es llamada e invitación. El vestido, el maquillaje, el tono de voz, las posturas se sensualizan en mayor o menor grado no como una pura estrategia de presencia sino como una forma privilegiada de expresión de la feminidad. La construcción de la virilidad recorre similares caminos. Pero parecería que a los jóvenes les angustia más ciertas partes del cuerpo y algunas de sus características. Tanto la feminidad como la masculinidad se construyen más con fantasías que con realidades. Creencias, suposiciones, mitos y prejuicios que intervienen en la constitución de la sexualidad determinan en gran medida las actitudes de los adolescentes frente a su cuerpo. Ellos saben que las chicas poseen un modelo de varón ideal y que tratan de establecer relaciones con chicos que, de alguna manera, se acercan a esa imagen. Pero, sin duda, el tamaño y características externas de los genitales han constituido siempre los lugares privilegiados para los temores y fantasías de los varones. Por eso no dudan en compararse entre ellos porque prejuzgan que una verdadera masculinidad, llena de potencia y aseguradora de éxito sexual con la pareja del gozo se ubica, por ejemplo, en el tamaño del pene.

Vestidos para deslumbrar

Desde la cultura, el vestido es uno de los múltiples medios que la sexualidad utiliza para indicar y diferenciar la feminidad y la masculinidad. En alguna medida, la moda unisex pretende borrar las diferencias de los géneros. Pero esto es imposible por cuanto la diferencia entre varón y mujer no radica en las apariencias. Pese a que una prenda de vestir puede ser utilizada por un chico o una chica, de hecho adquiere una especificidad sexual según quien la use. Algo se transforma en femenino o masculino de acuerdo a quien lo vista. Porque el vestido, con su forma, textura y color, se halla ligado a una compleja red de significaciones proporcionadas tanto por la cultura como por cada sujeto y que tienen que ver con la identidad sexual. De hecho, el vestido configura la imagen del cuerpo de conformidad a los modelos ofertados por la sociedad. Estos modelos, por una parte, dicen cómo debe ser el cuerpo de mujer y de varón y, por otra, qué tipo de vestido se debe llevar para en verdad demostrar la feminidad y la virilidad. Pese a que, vistos desde fuera, los diferenciadores pueden pasar desapercibidos, sin embargo, en la prácticas, para las chicos y los muchachos, está muy claro qué pertenece a cada uno de los grupos. La ropa posee, pues, una significación sexual de capital importancia en todas las edades pero, sobre todo, en la poca de la adolescencia. Una vez que ha sido sensualizada y erotizada, la ropa debe ser llamativa, es decir, servir para invitar y convocar al otro. De modo particular en la mujer, debe hacer evidentes las formas del cuerpo que más agradan al otro. Si esto no se da, tanto la mujer como el varón pasarán desapercibidos. Así se entiende mejor por qué los uniformes de los colegios disgusten a chicas y muchachos porque, al unificarlos, se impiden ver las diferencias. Lo cual se opone a lo que más buscan: ser la chica diferente a la otra, el muchacho que se destaca entre los otros.

Vestido y erotismo

Tan importante es la ropa para las adolescente que buena parte de su cotidianidad la invierten en arreglarse. Un arco iris de colores y una geometría de formas cuyo destino es doble: el bienestar personal y la conquista. El vestido no es para ocultar la anatomía en la cual se incrusta el deseo, sino para resaltarla, para demostrar a los varones o a las mujeres lo que se posee. El vestido cubre y descubre el cuerpo erótico de acuerdo a la imagen del cuerpo y está igualmente destinado a erotizar la mirada del otro. Este el sentido de la "ropa atrevida". He aquí testimonios de adolescentes ecuatorianos: "La ropa que más nos agrada es la ropa apretada, las minis apretadas y muy altas. Utilizamos las minis muy, muy altas para atraer a los hombres, y con colores muy vivos, blanco, verde fosforescente, tomate, colores encendidos". "Lo que más nos gusta es la ropa atrevida para que los hombres nos hagan caso. Por ejemplo, viendo las piernas, los hombres nos molestan (nos lanzan piropos), nosotras les paramos bola y nos vamos con ellos. Nos gustan los pantalones apretados porque los hombres dicen: esa está buenota. Y esos son los piropos que nos encantan. Para nosotras la ropa tiene mucha importancia, porque cuando una chica está vestida con la ropa muy ajustada, se le notan más la líneas de su cuerpo". Atraer poniendo de manifiesto lo que apenas si oculta, pero ocultando lo suficiente como para aparezcan tan sólo esas "líneas" de un cuerpo que produce y moviliza deseos y fantasías. Porque la sexualidad no es, de suyo erotismo. En cambio, todo erotismo nace de la sexualidad que deja entrever en ese botón que se despega, en el cierre que se abre lo suficiente para dejar que el deseo adivine, cree, coloque lo que está oculto y también lo que, supuestamente, falta. Esto impide que el erotismo que se reduzca a la pura sexualidad animal. (Tenorio R. , et al. "La cultura sexual de los adolescentes")

Entre miradas y caricias

En la adolescencia chicas y muchachos descubren, de manera vivencial, que solos no pueden vivir; que el cada sujeto, mujer o varón, es un ser a medias, incompleto, y que necesita del otro para vivir, para dar cuenta de su sexualidad. El deseo no es otra cosa que la fuerza que moviliza a varones y mujeres a ir en pos de esa otra parte de la vida que se encuentra en alguna mujer para él, o en algún varón para ella. Porque la sexualidad humana es sinónimo de "incompletud", existen mujeres y varones. El destino de la sexualidad es la búsqueda del otro en pos de una "completud" que se la obtiene en la relación amorosa. Un destino que, además, se confunde con la persecución de lo placentero y gozoso compartido en el encuentro amoroso. Y la adolescencia marca un período especialmente privilegiado en esta tarea de buscar, obtener y sostener lo amoroso. Las transformaciones radicales que ha sufrido el discurso de la sexualidad en el mundo contemporáneo se revelan en las formas de las nuevas modalidades que poseen generaciones para demostrar su ternura, el amor y el deseo como acontecimientos de su pertenencia. Las expresiones de la ternura y el deseo han salido del ámbito oculto para expresarse con libertad ante los otros. La sexualidad no fue tabú en sí misma sino porque tenía que ver con el placer que produce la ternura y el intercambio amoroso de los cuerpos. La conquista amorosa no es tarea fácil para nadie y menos aún para los adolescentes que se inician en las lides amorosas. Sentir interés por alguien significa colocarlo entre lo más importante de la existencia y en un lugar muy especial en el mundo de los afectos. Al otro, mujer o varón, se llega de múltiples formas. Pero, sin duda, la mirada es la primera y más importante vía. Ojos que hablan, mirada que expone a la chica o al muchacho la presencia del deseo y su fuerza. Es una mirada que, al mismo tiempo que expresa el deseo, acaricia hasta el punto de hacerle sentir a él o a ella algo nuevo y especial. Desde la cultura, sería prácticamente imposible expresar el interés y el deseo en el proceso de la conquista sin el recurso de la mirada que, en consecuencia, exige cercanía, proximidad. En efecto, lo amado debe colocarse siempre al alcance de la mirada del otro. Por el contrario, la distancia que impide la mirada, obstaculiza el tránsito del amor e inclusive llega a anularlo. La mirada debe poseer características especiales para ser expresión de ternura y no de agresión. A diferencia de lo que acontecía antes, en la actualidad, las chicas no esperan ser conquistadas sino que ingresan de manera directa y activa en este proceso lleno de sorpresas, angustias, anhelos, expectativas, éxitos y fracasos. En primer lugar, consiguen ingresar en una nueva visión y práctica de la amistad que implica introducirse en grupos mixtos. Aun cuando la educación mixta favorece este primer paso, en la práctica no es suficiente, puesto que hará falta un cambio propositivo y definitorio de actitud en cada chica y en cada muchacho, lo cual no es fácil para todos. La capacidad de construir nexos de nuevas amistades entre pares es el primer indicador de que se abre de manera más segura el camino hacia la conquista amorosa. Por el contrario, las chicas o los muchachos que manifiestan problemas en hacer amistades y en mantenerlas suelen tener conflictos en conquistar una chica o un muchacho. En efecto, éste es el momento cuando se hacen evidentes los problemas de la niñez e incluso de la infancia. La timidez, el recelo existentes antes, hacen su presencia e incluso se acrecientan. Cuando no ha habido una niñez sostenida en la autonomía, la confianza y la seguridad en los demás, es muy probable que la adolescencia se vuelva igualmente conflictiva. La timidez, más que recelo de uno mismo, es temor y desconfianza de los otros. La conquista amorosa pone a prueba todos los recursos que se han ido acumulando para romper con las ataduras de la niñez y, al mismo tiempo, pone en evidencia ciertos conflictos, la mayoría de los cuales se expresan en la formas de expresar y recibir la ternura. Porque la relación amorosa no posee, de suyo, ningún otro campo que no tenga que ver con la ternura, que está destinada a que la declaración de amor verdadera; para ello utiliza las palabras, la mirada, los gestos, las acciones y lo objetos. Tierno es todo aquello que permite rescatar el valor de la presencia del otro; todo lo que permite certificar ante uno mismo y ante los otros que él es lo más importante para ella. Entre todos los elementos que caracterizan a la adolescencia, la irrupción de las exigencias de dar y recibir ternura es probablemente la más significativa. A ratos aparece como una erupción de un volcán, otras como huracán de demandas y también con la suavidad de la brisa. La conformación de pareja se torna, pues, en un requisito indispensable puesto que sólo así las prescripciones culturales legitiman el intercambio de ciertas expresiones tiernas, en especial aquéllas que tienen que ver con el cuerpo.

En busca del goce total

Sin duda, en especial para las chicas, la condición de enamorada no legitima todo. Desde los patrones de la cultura, pero sobre todo desde sus propias expectativas, valores y creencias, existe la necesidad de poner límites para las expresiones de ternura en el cuerpo. Ella pone un límite al cuerpo del otro y al suyo propio como una forma necesaria para estar bien, para transitar de mejor manera por la experiencia amorosa que, apenas, es una iniciación. Sin embargo, el placer es una experiencia no siempre capaz de sostener los límites. Vivir lo placentero de lo amoroso es, sin duda, la experiencia más humana. Por lo mismo, hundirse en las caricias es, al mismo tiempo, demanda y exigencia que con facilidad pueden rebasar los límites propuestos. Así de imperativa es la sexualidad y, más aún, durante la adolescencia cuando son tan frescas las experiencias y tan demandante un cuerpo recién inaugurado para el placer que se origina en el otro. Por eso con bastante facilidad hacer el amor termina siendo el culmen de una escena de excitación en las caricias. Una experiencia en la que intervienen los cuerpos con sus realidades pero sobre todo con un cúmulo de fantasías e imágenes. Una anonadamiento no sólo de cuerpos físicos sino de dos sujetos que buscan fundirse el uno en el otro en el gozo. Intercambio de placeres indescriptibles que pertenecen al mundo de la privacidad. Probablemente, esta experiencia gozosa es la que con mayor intensidad y certeza da sentido a la existencia de la mujer y del varón. A las propias condiciones de la adolescencia es necesario añadir las exigencias y presiones del mundo erótico. Si todo habla de amar y hacer el amor, si a cada instante la televisión ofrece el amor como la forma más humana de certificar el amor, las chicas y los muchachos se sienten , en alguna medida, impelidos a concluir sus escenas de caricias haciendo el amor. Lo cual afecta a todas las chicas y muchachos, incluso cuando sólo se hallan a las puertas mismas de la adolescencia. De hecho, hacen el amor a edades cada vez más tempranas. Ya no es nada raro que lo hagan al terminar la primaria o en el primer año de la secundaria. De hecho, en los segundos cursos de los colegios se da el mayor número de embarazos conocidos. Si bien es cierto que cada vez es mayor el número de mujeres adolescentes que hacen el amor, es preciso no sobredimensionarlo para no creer que lo hacen todas. Los cambios que se han producido en torno a la sexualidad afectan de manera muy importante a la mujer que, de espectadora y casi marginada, ha pasado a desempeñar un papel protagónico. Primero porque ya no quiere que su vida sexual sea anulada e ignorada. Tampoco desea que todo el mundo esté pendiente de su sexualidad como si no le perteneciese, como si no fuese de su propiedad. No quiere ser juzgada y, menos aún, que se la valore por su incapacidad de dar cuenta de su propio deseo y de su goce. Cuando una chica hace el amor, prefiere reservarse para sí esta experiencia, primero porque la considera como un acto de su libertad y de su pertenencia. Segundo porque, pese a los cambios, la sociedad, en especial la familia, sigue siendo persecutoria de la sexualidad femenina. Al revés de lo que acontece con los varones, que se ven en la necesidad de publicitar, casi siempre con exageraciones, sus conquistas y experiencias porque, por las características de la masculinidad, consideran necesario que los demás sepan de su potencia, de esa potencia y goce que se sostienen en la capacidad de erección. Desde la cultura, ha existido siempre una desimetría entre mujeres y varones en torno a la sexualidad. La virginidad, por ejemplo, siempre fue un privilegio y un deber de la mujer para quien sólo el matrimonio era capaz de legitimar, casi siempre a medias, el ejercicio de la sexualidad. En efecto, la sexualidad de la mujer tuvo un solo destino: la maternidad, lo cual no le libraba de estar siempre dispuesta al deseo de su marido. En la mayoría de los casos, estas relaciones se dan desde la espontaneidad, es decir, llegan y acontecen sin la planificación que suele caracterizar a las relaciones entre adultos. Lo que puede ser visto como una cualidad que enriquece la ternura y el amor, también posee connotaciones de tragedia porque suele ser la causa del embarazo ya que ni él ni ella poseen los recursos para una relación protegida y segura.

PRUEBA DEL AMOR O SOMETIMIENTO AL OTRO

La desimetría entre mujeres y varones se expresa en la cotidianidad, aunque sea más evidente en las relaciones amorosas y, por lo mismo, en la sexualidad. La cultura colocó a la mujer en situación de desventaja porque hizo de ella una virgen que, sin embargo, debía ser madre y esposa y, además mártir. Mujer sufriente, sometida al deseo, capricho e incluso violencia del marido al cual debía aceptar y sujetarse como prueba de su virtud. La fortaleza, poder y dominio del varón se sustenta en estos "valores" tradicionales legitimados por la cultura y sólo criticados de manera frontal en la contemporaneidad.Pero no han desaparecido la posición de sometimiento en la mujer ni la de dominio en el varón pese a los significativos cambios provocados por los movimientos feministas. La exigencia de la prueba de amor es una demostración clara de que no se han modificado sustancialmente los términos de las relaciones entre mujeres y varones.

La mujer no solamente hace el amor desde la dinamia de su propio deseo sino también se ve obligada a hacerlo bajo la presión de un sofisma del varón que exige que ella "se entregue" como una demostración clara y veraz de que en verdad le ama. Ya no es la libertad del goce sino la obligación ante él con una demostración que, desde todos los ángulo, es una ofensa a la libertad, a la palabra y a los mismos afectos de la mujer. Mientras el varón tiene una relación sin que ello pruebe nada más que su deseo, la mujer se ve impelida a usar su cuerpo y su deseo para el otro.

La prueba de amor es un falso argumento sostenido en el machismo y en la cultura de una sexualidad sostenida en la virilidad. La falsedad del argumento se ve luego, cuando un chico deja a una muchacha luego de que ella ha hecho el amor, a lo mejor por primera vez, para demostrarle la veracidad de sus afectos y palabras. Para él, una vez asumida la prueba, ésta no sirve para nada. Más aún, no faltarán quienes rechacen a la mujer que no les esperó para hacer la prueba del amor con ellos y no con el anterior.

"Al burdel para que se haga hombre"

En general, las chicas inician su vida sexual con sus pares. El primer enamorado, un amigo especial. Algunas prefieren hacerlo con personas mayores porque suponen que, por ser ya experimentadas, podrán tratarlas mejor en una experiencia iniciática llena de interrogantes, miedos, expectativas y fantasmas. Su iniciación pertenece al mundo de sus secretos apenas contados a la amiga más íntima, a aquélla que, pese a todo, sabrá guardar el secreto. Las nuevas posiciones y actitudes sobre la sexualidad hacen que las chicas ya no se sientan ligadas para siempre con el chico de la primera vez. Esta es otra de las razones que les mueven a rechazar, por lo menos en el discurso, la prueba de amor. La masculinidad es menos consistente y segura que la feminidad. Sostenida como se halla, desde los patrones culturales vigentes, en un órgano que puede aparecer inmensamente potente para dejar de serlo con el más mínimo pretexto, la virilidad siempre se enfrenta al temor de deshacerse, de fracasar. Por eso, los muchachos suelen acudir a todo un complejo proceso de entrenamiento que va desde las conversaciones e informaciones recibidas de amigos de mayor edad, la contemplación privada y colectiva de revistas pornográficas, las películas o videos pornográficos hasta la realización de la primera relación sexual. A diferencia de las mujeres, no todos los adolescentes se inician con su amiga o enamorada. Para no pocos puede ser demasiado angustiante la experiencia de la propia desnudez y la de la mujer en un encuentro deseado incluso con ansiedad. La pregunta sobre qué es en verdad una mujer, qué desea, qué es el goce de ella puede llegar a causarle suficiente temor y angustia como para prepararse de mejor manera. Muchos encuentran la solución en el burdel. Acuden a la mujer que, desde su imaginario, no pregunta nada, que está lista a enseñar, a dar todo de sí misma y que, sobre todo, no cuestionará las inseguridades, las dudas. Sobre todo, no se inmutará y, por el contrario, estará dispuesta a brindar la ayuda necesaria para que la primera vez sea lo más exitosa posible. Pero esto no es todo, en torno a la masculinidad rondan muchos fantasmas entre los que el temor a la homosexualidad ocupa el lugar de privilegio. Más que de temores de los adolescentes, se trata de la angustia de los papás que, en una sociedad eminentemente enemiga de la homosexualidad, la sola idea de que un hijo pudiese serlo, aterra. En consecuencia, cuanto más tempranamente los chicos den cuenta de su sexualidad, tengan una muchacha y hagan el amor, más tranquilidad envolverá a la mamá y al papá. De ahí que, sobre todo en los sectores populares, sea el mismo papá quien acompaña a su hijo de 13 - 14 hijos al burdel o le da el dinero para que lo haga con sus amigos. Por su puesto, se pasa por alto o se desconoce el hecho de que la homosexualidad no depende de hacer o no el amor sino de una estructura que se ha ido conformando desde muy temprana edad. Por otra parte, la mayoría de los chicos pasan por fantasía e incluso por ciertas prácticas homosexuales sin que ello revele otra cosa que en la adolescencia la sexualidad pasa por las incertidumbres como todo el resto de la vida.

La juventud es ahora

Con mucha frecuencia, el discurso oficial se refiere a la adolescencia y la juventud como a la generación del mañana, la que tendrá importancia cuando sustituya a la que actualmente ostenta el poder en sus diferentes manifestaciones. Con este discurso, el Estado y sus gobiernos pretenden justificar el abandono generalizado en el que viven mujeres y varones adolescentes y jóvenes. En la práctica, a las nuevas generaciones tan sólo se les ofrece un sistema educativo que no necesariamente responde a las exigencias de la contemporaneidad. Para ellos no existen servicios específicos de salud, de consultoría, de información sobre ellos mismos y de recreación. La mayoría de adolescentes y jóvenes del país vive en la pobreza. En lo que respecta a la sexualidad, el Estado no ha hecho casi nada para educarlos e informarlos de manera oportuna y adecuada. El embarazo en la adolescencia, la maternidad prematura, el aborto y el suicidio siguen siendo los conflictos más importantes. Para adolescentes y jóvenes, los años transcurren como una acumulación dinámica y vívida de experiencias. La juventud es hoy su slogan. Mañana es otra edad: la adultez, la vejez y la misma muerte. No es posible dar un brinco sobre ella para vivir artificialmente una adultez que no les corresponde. De lo contrario, como afirma el siguiente testimonio, se perderá una riqueza irrecuperable. "Si yo quisiera por ejemplo ahorita saltarme a los veintidós años, me saltaría de muchas experiencias. Tal vez voy a recibir ahora golpes que no sabré cómo afrontarlos. Pero ya iré viendo cómo resolverlos en ese etapa. La adolescencia te dejará lleno de experiencias que, al fin de cuentas, te hacen para siempre. Cuando pase, cuando se llegue a la edad adulta y a la vejez, no se querrá volver a ser nuevamente joven, sino a recordar las travesuras, lo pillos que fuimos cuando tuvimos esa edad". (R. Tenorio R. et al., "Juventud urbana", .)

Ver artículo de Violencia y sexualidad

 
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